EL EDITORIAL. Shenzhen, y… ¡ríase de Silicon Valley!
El Editorial de hoy nos lleva a un lugar que es poco conocido en occidente, pero que creemos que merece la pena resaltarse resaltarlo porque en él se dan unas circunstancias muy especiales. Nos estamos refiriendo a Shenzhen (pīnyīn: Shēnzhèn), ciudad-sub provincia china , localizada en el sur de la provincia de Cantón.
El Editorial de hoy nos lleva a un lugar que es poco conocido en occidente, pero que creemos que merece la pena resaltarse resaltarlo porque en él se dan unas circunstancias muy especiales.
Nos estamos refiriendo a Shenzhen (pīnyīn: Shēnzhèn), ciudad-sub provincia china, localizada en el sur de la provincia de Cantón. Es la ciudad de la República Popular China que conquista el mundo con su tecnología. (¡Ríanse ustedes de Silicon Valley! En éste –eso sí- todo está ordenado, y tal… Las imágenes que nos llegan desde Shenzhen son “apocalípticas”, es decir, al estilo chino. Uno alquila un espacio en el que hace un montaje de tarjetitas de crédito; allí al lado, hay otro colega que tiene otro negocio en el que se inserta dichas tarjetitas en no se sabe dónde; etc. ¡Contra esto no hay quien pueda! En Silicon Valley no se puede hacer eso, aunque cada uno tiene su espacio y su dedicación… Pero ellos, los chinos, van al estilo chino…
Según lo aparecido en el diario El País, “Hace tres décadas era una villa de pescadores.” (Y lo recordamos. Recordamos cuando Teng Xiaoping (pīnyīn: Dèng Xiǎopíng) decidió ponerla en marcha por la cercanía del lugar a Hong-Kong (pīnyīn Xiāng Gǎng), para así darle una vía libre estilo capitalista). ¡Ahí está! “Hoy es el Silicon Valley de China. Una mega ciudad en la que han nacido gigantes como Huawei o Tencent. Joven, ultrarrápida y competitiva. Y a la que acuden buscavidas de todo el país, y de medio mundo, a prender la mecha de sus sueños electrónicos.
“Shenzhen está muy bien”, dice Eric Hu. “Si logras sobrevivir a ella”. Habla rápido. Piensa rápido. Lleva el pelo disparado, camiseta raída, deportivas. Mira su móvil a menudo, un Huawei, marca china, y con orgullo: “El iPhone”, dice, “es una basura”. Es de noche a este lado del mundo y conduce su Audi Q5, en cuyo retrovisor bailan dos peluches de Hello Kitty. Quiere mostrar algo en el centro de esta ciudad masiva, símbolo del capitalismo asiático, una especie de El Dorado tecnológico donde los recién llegados buscan emular a los fundadores de las grandes compañías del país. Aquí han nacido gigantes como Huawei, segundo productor mundial de teléfonos inteligentes y líder en redes de telecomunicaciones, y Tencent, una de las mayores empresas de Internet del planeta, creadora de WeChat, el WhatsApp chino, con 1.000 millones de usuarios. Pero hay otras 8.000 empresas de alta tecnología. El sector aporta un 40% a la economía de la ciudad. Y ese PIB es monstruoso: el de Shenzhen se codea con el de Irlanda; el PIB de esta región china, conocida como el Delta del Río de la Perla, que incluye otras ocho urbes del país y las regiones especiales de Hong Kong y Macao, es equiparable al de toda Rusia”.
¡Ahí lo tienen!
El joven Hu fundó hace tres años una start-up de drones resistentes al agua llamada Swellpro. Obras de ingeniería con ocho patentes propias y una cámara 4K para grabar escenas marinas. Se venden por 1.600 euros. La mayoría acaban en Occidente. “Shenzhen es el mejor lugar para la innovación. Con una cadena de suministro de componentes electrónicos inigualable. Atrae a gente joven, educada, enérgica”, dice Hu. “Va a toda velocidad. La competencia es altísima”. Se detiene. Desciende y señala la inscripción en unas piedras. En caracteres chinos se lee la filosofía que define la ciudad: “El tiempo es dinero. La eficiencia es la vida”.
“Hu nació en 1980 (es un ‘millenial’), año en que Deng Xiaoping (como decíamos antes) convirtió Shenzhen en la primera zona económica especial del país. Una puerta abierta al liberalismo, a la iniciativa privada. Un experimento de la China del futuro. La ciudad era un pueblo de pescadores con 30.000 habitantes (eso fue en 1980). Hoy, el censo oficial ronda los 12 millones; el extraoficial alcanza los 20”. (Nosotros nos quedamos con el extraoficial: 20. Esto es como Beniform, salvando las distancias (en Benidorm no se investiga nada, pero se compran toallas. Aunque… hace tanto tiempo que no vamos a Benidorm, tantos años, que creemos que cuando vayamos nos vamos a impresionar. La primera vez que fuimos nos impresionamos).
“Una locomotora a la que llegan cientos de miles de buscavidas al año. Ingenieros hiper cualificados, legiones de obreros. No se ve un rostro viejo en la calle. (¡Vaya!, no podemos ir…). La edad media ronda los 28 años". (No solo de chinos, sino de personas venidas de todo el mundo). “En Shenzhen casi nadie es de Shenzhen. Eric Hu creció en una zona rural de la provincia, entre gallinas y cultivos de arroz. Estudió ingeniería, trabajó en una fábrica de móviles de Samsung (en la región se encuentran muchas de las megafábricas del mundo) y en 2005 se mudó a la ciudad a probar fortuna. Pulió el inglés vendiendo USB y cámaras. Luego se lo montó por su cuenta. Su negocio, explica, consiste en “desarrollar productos; no uno barato, sino innovador, alta tecnología”. Esboza ideas; sus ingenieros diseñan y ensamblan hasta dar con un prototipo. Su último invento es un proyector portátil del tamaño de un puño. “Shenzhen, explica, es el paraíso del hardware. Lo físico, el artefacto. Con un ecosistema ultraveloz donde el paso de la idea a la producción en serie sucede en un suspiro y casi en la misma manzana”. Y mientras sueña con dar el gran golpe, recuerda con nostalgia su primer apartamento compartido en un barrio del que hoy no queda más que el templo budista. Allí ahora se yerguen los rascacielos del parque tecnológico, donde hay unas 1.300 empresas; un centenar de ellas cotizando en Bolsa”.
Podríamos seguir diciendo muchísimas más cosas, pero… Solo añadir que “Yu Chengdong entra en la sala de juntas sin corbata y seguido por una secretaria con tacones altos y peluche colgado del móvil. Saluda en español. Habla un inglés rocoso (“chininglish”). Es el consejero delegado de una de las tres patas de Huawei, la división de teléfonos y otros productos de consumo. Suman un tercio de los ingresos de la multinacional, cuya facturación ronda los 65.000 millones de euros”. (¿Sabían ustedes que precisamente 65.000 millones de euros es lo que seguramente vaya a aportar a la Unión Europea el Reino Unido por el ‘Brexit’?). "Cuenta con 180.000 empleados en 170 países y lidera el mercado de móviles en China; en España se bate el cobre con Samsung por el primer puesto; en el mundo, el mano a mano es contra Apple, ambos a la zaga de Samsung. El ejecutivo asegura que la compañía no hubiera existido de no haber nacido en Shenzhen: “Hace 30 años, cuando China no era tan abierta, se convirtió en una ciudad de acogida. Capitalista en lo económico, no en lo político. De estilo occidental. Donde se podía desarrollar una gestión moderna”. Él, ingeniero de la Universidad de TsingHua, “el MIT chino”, se unió a la empresa en 1993, cuando empezaba a desarrollar infraestructuras telefónicas. Huawei fue fundada en 1987 por el ex militar Ren Zhengfei con apenas 5.000 euros. Una empresa privada cuya primera sede se encontraba entre cultivos. Hoy se han trasladado a un campus tecnológico de 200 hectáreas a las afueras de la ciudad, con universidad propia, apartamentos para trabajadores, jardines zen y furgonetas que desplazan a sus empleados de un edificio a otro con el aire acondicionado a todo trapo. Pero no están contentos. “Podemos hacerlo mejor”, dice Yu. Y para mostrar que andan en ello han invitado a su sede a medio centenar de instagramers, youtubers y periodistas occidentales. Según el CEO, “nuestro problema no es la innovación. En eso somos fuertes. El gran reto es que no somos una marca conocida. Nadie la conoce”. El marketing, la gran tragedia china. Una lucha contra sí mismos para pasar de ser sinónimo de producto barato al artículo de alta gama”.
Shenzhen. ¡Ahí está! Una ciudad preparada y lista para competir.
“Si en Silicon Valley se sueña en los garajes, muchos de los recién llegados a Shenzhen con ínfulas digitales se asientan en apartamentos de Baishizhou, un barrio laberíntico, de estructura medieval y algarabía callejera, con viejos edificios de poca altura desde cuyas ventanas se puede estrechar la mano ¡al vecino del bloque de al lado!” (¡No lo pierdas de vista!) “Cuenta con unos 150.000 habitantes, 20 veces la densidad de población del resto de la ciudad. Y en sus recovecos se mezclan jugadores de mahjong, vendedores de lichis y pescado vivo, desplumadores de patos, marañas de cables que cuelgan hasta el suelo como yedras y jóvenes ‘hipsters’ que regresan de hacer deporte a media tarde. La zona ha quedado acordonada por rascacielos. Y ya existe un plan para derribarlo y levantar sobre sus escombros torres de vidrio y acero”.
¡Ahí está! No perdamos de vista esto. “Los jóvenes vienen a Shenzhen con la idea de que pueden crear algo por sí mismos. Es un auténtico cambio en la mentalidad china”, asegura Eli MacKinnon, de Insta360”. Si quieren buscar alguna aceleración, no se pierdan esta noticia y esta ciudad, que es increíble.
Este fue nuestro Editorial de hoy, por poner al día a nuestros lectores. ¡También hay un Silicon Valley chino!
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Ver video 'Shenzhen, el rugido tecnológico de China'
Más información en 'Shenzhen, la ciudad china que conquista el mundo con su tecnología' (El País Semanal, Nov 2017)