TORTURAS EN NICARAGUA… Y TODO EL MUNDO MIRA PARA OTRO LADO
“Así torturan en Nicaragua a "los hijos de perra" En las celdas de Daniel Ortega, que llamó así a los presos políticos, hay trato más que cruel y violaciones. Una veintena de familias tiembla estos días tras saber que sus hijos fueron secuestrados por paramilitares y agentes sandinistas durante la parodia electoral del
“Así torturan en Nicaragua a "los hijos de perra"
En las celdas de Daniel Ortega, que llamó así a los presos políticos, hay trato más que cruel y violaciones. Una veintena de familias tiembla estos días tras saber que sus hijos fueron secuestrados por paramilitares y agentes sandinistas durante la parodia electoral del fin de semana.
Esta crónica es un viaje al horror y a la crueldad humana. Un periplo sórdido que una vez acabado no desvela si las víctimas han conseguido aliviarse al describir su dolor o si, por el contrario, el retorno a las celdas y a las salas de interrogatorio ha reabierto las heridas sin cicatrizar.
El preso político nicaragüense Álex Pérez lo tiene muy claro, por eso ha acuñado una frase: «Aquí volviendo a ser humano». Con ella describe lo que siente tras pasar por las manos de los torturadores, que le trataron como si no lo fuera. Y eso que a su dolor suma el de sus hijos, Kitzel y Kevin, también prisioneros de la revolución que está dispuesta a todo para eternizarse en el poder.
«Romper el silencio es un acto de amor, no sólo por una misma, sino por todas las que vivimos situaciones similares», añade la joven nicaragüense V.V.O., otra de las muchas víctimas de torturas y tratos crueles en las cárceles sandinistas. Ella también se ha atrevido a denunciar a los funcionarios y paramilitares del régimen sandinista.
La infinidad de testimonios recogidos confirma lo que ya se comenzó a temer tras la rebelión popular de abril de 2018: las torturas, los abusos sexuales y los tratos crueles se «han implementado de forma sistemática y generalizada», destaca el Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más. Y lo que es peor, todavía hoy siguen formando parte de los mecanismos de castigo y de intimidación.
La impunidad judicial hace el resto. Una veintena de familias tiembla estos días tras saber que sus hijos fueron secuestrados por paramilitares y agentes sandinistas durante la parodia electoral del fin de semana. Nada saben de jóvenes como Samantha Jirón, de 21 años, estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, quien había vuelto del exilio y fue detenida a golpes pese a que se había separado de la lucha política. Su mayor temor, ser encarcelada, se ha cumplido.
Los testimonios recogidos por los activistas de derechos humanos subrayan que los torturadores se emplean con especial saña contra las nicaragüenses, siempre en primera línea de la batalla. Someterlas en las cárceles con morbosos desnudos, manoseos, sentadillas bajo vigilancia y maltratos verbales forma parte del plan. Las violaciones y los abusos sexuales son el paso siguiente de la pesadilla. «De manera morbosa me miraban y se burlaban de mí, también tenían cámaras filmándome mientras me desnudaban», ha denunciado Juana Livez.
«Me llevaron a un cuarto con poca luz (en la delegación policial de Masaya) y aparecieron hombres con pasamontañas. Eran unos siete. Me tiraron al escritorio, donde fui violada. Durante todo el tiempo tuve un arma en la cabeza. Ya en las celdas pasé de 8 a 10 días sangrando, sin comer nada. Después de lo vivido solo quería la muerte», denunció A.C.R.M a Nicaragua Nunca Más.
«Ni a mi peor enemigo se lo deseo, toda la madrugada pasaron así, anal y vaginalmente. Me amarraron de pies y manos, hicieron conmigo lo que quisieron. Me agarraron como su muñequita de trapo», afirma T.S.C, encarcelada en la siniestra El Chipote. Sus compañeras la bañaron como pudieron al regresar a su celda. Cuando al día siguiente pasó consulta con el médico, este ignoró lo sucedido y la volvió a interrogar sobre sus actividades durante las protestas.
Pero si querían someterlas, con Solanghe Centeno Peña, de 23 años, nunca lo consiguieron. La joven estudiante, miembro del Movimiento 19-A Matagalpa, se exilió hace un mes, atravesando la frontera por un punto ciego. Ahora vive en San José, pero su pensamiento y su corazón está en Nicaragua, donde permanece su niño de ocho años. Lleva la rebelión en la sangre. Y en los tatuajes, como el de su muñeca, que recuerda a Marcela, su madre. El mismo tatuaje que sirvió a paramilitares y agentes para reconocerla y mandarla a prisión durante 10 meses en unas condiciones inhumanas.

https://www.elmundo.es/cronica/2021/11/16/618ea142fc6c83d97e8b45b0.html